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domingo, 31 de enero de 2016

Todos menos Superman. Episodio final.



- ¿Sí?

- ¿Clark?

- ¿Quién es?

- Soy Bruce.

- ¿Bruce?... ¿qué Bruce?...

- Bruce Wayne

- ¿Bruce Wayne?

- Batman, soy Batman.

- Coño, Batman. Qué agradable sorpresa. 

- ¿Qué haces?

- Viendo la tele. Están echando “Todo en un día” de John Hughes. Me encanta. 

- No la conozco.

- Pues es un clásico.

- Oye, Super…

- Dime.

- ¿Tú…?

- ¿Sí?

- ¿Tú tienes mayordomo?

- No, tío. Eso es para los ricos.

- Pero, vives con alguien, ¿no?

- No, vivo solo.

- ¿Y quién te limpia la casa, te hace la comida, te pone el coche a punto?…

- Limpiar limpio yo.

- ¿Y cuánto tardas?

- No sé… dos o tres segundo, creo.

- Ya, entiendo, la supervelocidad.

- Eso, y que vivo en un apartamento de 60 metros cuadrados en las afueras de Metrópolis.

- ¿Y la comida?

- Yo no como, Bat, me alimento del Sol.

- Claro, claro…

- En cuanto a lo del coche… ¿tú es que no me has visto volar?

- Tienes razón…

- Estás empanado, tío.

- Y cuando enfermas, ¿quién te cuida?

- Yo no enfermo. 

- Hombre, con la kryptonita sí que te quedas tocado, ¿no?

- Mira, te voy a ser sincero. A mí la kryptonita me la suda.

- ¿No entiendo?

- En realidad son bajones de azúcar, pero claro… en un superhéroe no quedaba serio, así que me inventé lo de la kryptonita.

- ¡No jodas!

- Es hereditario, ¿sabes? A mi padre le daban cada dos por tres. Al final fue lo que le mató.

- Vaya, lo siento.

- No, si apenas lo conocí.

- Volviendo a lo de si vives con alguien… ¿a ti no te gustaría vivir con alguien?

- ¿Vivir con quién?

- Conmigo.

- ¡Hey, tío, que yo no soy Linterna Verde! 

- No, no van por ahí los tiros

- ¡Y lo de los calzoncillos rojos fue un error de concepto!

- Que no, que lo digo por repartir las tareas de la casa. ¿Por qué no probamos, un par de meses?

- ¿En tu mansión?

- No, en tu mierda de piso de 60 metros… ¡pues claro que en mi mansión!

- Ya. Oye, pásame con Alfred, que quiero hablar con él.

- No está.

- ¿Pero no está ahora, o no está?

- No está.

- Vamos, que se ha ido.

- No se ha ido. Es que no está.

- Mira tío, si lo sabe todo el mundo, que se ha ido para siempre…

- Sí, vale, el muy cabrón se ha ido para siempre. Entonces qué, te vienes, ¿no?... por favor… te lo suplico.

- Una polla como una olla.

Y colgó.

Epílogo:

Dicen que Batman ya no es el que era. Le han visto vagar por las azoteas. Desnutrido, sucio, con la capa hecha jirones. Los supervillanos ya no quieren luchar con él. Por lástima. Porque les duele verle así, con lo que él ha sido, con el miedo y el respeto que ha infundido. 

Sí, son supervillanos, extraña tal muestra de dolor y ternura hacia el pobre hombre murciélago pero, como bien decía el viejo Alfred, en el fondo todos, ricos o pobres, amos o siervos, héroes o villanos… todos tenemos nuestro corazoncito. 

Todos, menos el hijoputa de Superman.




miércoles, 27 de enero de 2016

Todos menos Superman. Episodio II


¿RoBat, amo?

- Sí, RoBat. Batmovil. Batcueva… Ro-Bat. ¿Entiendes? Y no me llames amo, llámame Señor Wayne.

- Pero, según la lógica, Señor Wayne, RoBat es nombre de mujer, no de hombre.

- Pero tú no eres un hombre, ni una mujer. Eres una máquina.

- Me ha diseñado con voz de hombre, Sr. Wayne. Y con bigote.

- He conocido mujeres con voz más grave que la tuya, RoBat. Al menos tras una noche llena de alcohol, tabaco, y otros vicios inconfesables. Y eso que llevas en la cara no es un bigote, es una célula fotoeléctrica.

- Pues parece un bigote.

- Pues parecerá un bigote pero es una célula, y sanseacabó. Deja de perder el tiempo y hazme la cena. Con un sándwich de rosbif será suficiente, que no tengo mucha hambre… Ro-Bat.

- Sí… amo.

Todo era perfecto con RoBat. Limpiaba. Cocinaba. Ponía a punto los Bat-vehículos. Hasta sabía dar masajes que, aunque cierto es que eran algo fríos, sí que conseguían aliviarle el dolor tras las peleas con los supervillanos.

Pero en su diseño y construcción había cometido un error imperdonable: le había instalado  Windows como sistema operativo. Windows Vista, para mayor inri.

Un día, RoBat se conectó a internet buscando la receta para hacer tarta de zanahoria y su mente cibernética se llenó de virus. Enloqueció.  Se volvió paranoico. Y termino intentando matar a su amo. 

- Por favor, Señor Wayne, no me desconecte – suplicó mientras le arrancaba el casco bajo el que llevaba la CPU.

- A tomar por culo, cafetera.

La lucha había sido titánica. Le había fracturado dos costillas, y casi le arranca la oreja con uno de sus extensores. Eso de pelear sin el traje había sido una mala decisión. Una y no más, Santo Tomás, se dijo. Una, y no más.

Asumió que tendría que aprender a llevar la casa el solo. Y que nadie le ayudaría en su doble vida, millonario de día, superhéroe de noche. Tomó la nueva situación con decisión, y con un toque de optimismo.

Tres días le duro el optimismo. Al cuarto día se vino abajo. El primer día lo perdió entero limpiando los baños. Los quince baños que tenía. 

- Por mis muertos que mañana los cierro todos con llave menos el rojo, que es el que menos se ensucia, se dijo. 

El segundo en limpiar el Batmóvil, la Batmoto, el Batcóptero, y la Batidora. 

- Me cago en mi puta vida, de dónde sale tanto barro.

El tercero se lo pasó de compras en el CostCo. Se compró 18 kilos de aceitunas sin hueso; 34 de patatas, onduladas; 2 garrafas de espuma de afeitar, de a 5 litros la garrafa; 60 bidones de leche, de 5 litros cada bidón; 18 paquetes de pan de molde; 4 kilos de queso ahumado; 4 botes gigantes de kétchup; 5 batas de cuadros escoceses; y 12 pares de zapatillas de estar por casa. Con la suela de gel. Anunciadas en TV.

Por la noche, sentado en el sofá de su salón de quinientos metros cuadrados, mientras se comía un sándwich de queso, enfundado en una bata de cuadros escoceses, con los pies cocidos por el gel de sus zapatillas de estar por casa, lloró.

Lloró como no había llorado desde que mataron a sus padres en un sucio callejón.

Cuando se le pasó la llorera, llamó a Superman.


continuará ...



sábado, 23 de enero de 2016

Todos menos Superman. Episodio I

Bruce Wayne se ha quedado sin mayordomo. Un día, cuando llegó a casa, después de patrullar el Gotham nocturno, se encontró una nota en el recibidor. “Me voy”. Nada más. Sin explicaciones. Sin más detalles. Un simple “me voy”.


De eso hace ya dos meses.

Al principio pensó que era una ausencia temporal. Unas horas. Unos días. Tal vez una semana, se dijo. Pero pasaron los días, y nada. Llegó a pensar que podría ser un secuestro. Pero no tenía sentido. Nadie llamó. Nadie envío una nota. Nadie pidió un rescate.

Al décimo día Bruce Wayne asumió que Alfred se había ido, para no volver. Y un hombre como él necesita un mayordomo.

Puso un anuncio en el Gotham Times, solicitando un profesional. Un buen profesional. 

Abstenerse mujeres. Imprescindible buenas referencias.

Con el primero que acudió, un argentino de mediana edad e impecable porte, cometió un error que ya no volvería a cometer más. Le dijo que él era Batman.

- ¿No?

- Sí.

- ¿Batman?

- Sí, Batman.

- Esteeee… sí… ya… Batman…

- ¿No me crees?

Le enseñó la Batcueva

- ¡La concha de tu madre… trabajo para el puto Batman!

Al día siguiente, cuando se levantó y fue por café a la cocina, se encontró al argentino preparando el desayuno enfundado en un mono negro, con un antifaz, y un 22 colgando de un cinto rojo.

- Buenos días, jefe. Desayune fuerte que tenemos que salir a luchar contra el mal.

- ¿Cómo?

- ¿Qué le parece?  Lo del cinturón rojo es para darle un poco de color, que ir todo de negro como que deprime, ¿no? Me lo ha dejado mi hermana.

- Mira…

- Ernesto. 

- Mira, Ernesto, yo trabajo solo. Tuve un ayudante hace años pero la cosa no funcionó.

- Lo sé. Robin. Pero ese era un pelotudo. Nada que ver conmigo. Yo soy una máquina. El azote del mal.  El compañero perfecto. ¡Yo soy su hombre!

Le dijo que se fuese, y que no volviese. No sin antes advertirle que si desvelaba su secreto le rompería las pelotas. Una y mil veces. ¿Entiendes?

- ¿Es por el cinturón? 

- A la puta calle, coño.

Tras esa mala experiencia inicial decidió que lo mejor era construir un robot que fuese capaz de realizar, si no todas, al menos sí las tareas más comunes para un mayordomo.  Y, aunque la robótica no era su fuerte, lo cierto es que en sólo quince días construyo un robot humanoide bastante aceptable. 

¡Chúpate esa, Tony Stark!

Lo llamó RoBat.

continuará...



sábado, 16 de enero de 2016

No se vayan todavía

De los creadores de


El escritor
La trilogía de las letras



los productores de




La trilogía del Parque de Atracciones

y los guionistas de






Bromas
aparte






Una trilogía incongruentemente binaria


Llega ahora






Todos, menos Superman.










Una trilogía superheroica

Estreno en este blog el próximo
 23 de enero
(San Ildefonso)


lunes, 15 de noviembre de 2010

Bromas aparte (el desenlace)


Después de más de cuarenta minutos, tres cigarros, dos cafés, y una meada apresurada, el programa de López no había conseguido averiguar ni uno sólo de los caracteres de la clave de acceso al sistema que se escondía tras la puerta. Estaba desesperado. Incluso le había parecido escuchar unas triunfantes risas salir de los altavoces de su ordenador. Se sentía cansado, abatido. Su programa había fallado por primera vez en muchos años. E.P. le estaba venciendo. Se le acababa el tiempo, y unas simples iniciales le estaban derrotando.

     Se encendió un nuevo cigarro y, levantando la mirada del monitor, observó distraídamente las copias de las fotos, la original del dominical, y la copia impresa de la trucada, que había puesto en su panel de corcho horas antes, al inicio de la caza. Le dolían los ojos, tenía la boca empalagosa a causa del café y el tabaco consumidos a lo largo de la noche, y un palpitante dolor de cabeza le estaba destrozando los nervios.

     Entonces algo llamó su atención. Cogió las copias del panel de la pared y las miró detenidamente, dirigiendo alternativamente la mirada a una y otra foto. Ahí estaba la solución, la había tenido delante de sus ojos durante toda la noche. Podía haber resuelto el problema incluso antes de iniciar la caza. Ahora sabía quién era E.P., sólo tenía que solicitar su clave al Ministerio del Interior, donde seguro que la tendrían junto con la suya y la de todos los funcionarios del Estado. Conectó con el ministerio, averiguó la clave de E.P., y comenzó a introducirla desde su teclado. 

     La pantalla de su monitor quedo en negro antes de que López hubiese terminado de introducir la clave. Un mensaje apareció en pantalla.

- Buenas noches, agente.

- Buenas noches, Señor- tecleó López.

- Es usted bueno, muy bueno. ¿Cómo supo que era yo, López?

- La vanidad, Señor. No debería haberse rejuvenecido tanto en la foto de la pared. De ahí deduje: E.P., El Presidente.

- Muy inteligente. Me doy cuenta de por qué es uno de nuestros mejores policías informáticos.

- Y yo me doy cuenta de que no se lleva muy bien con su señora, Señor - López sonrió y esperó respuesta.

- Bien - el cursor se quedó parpadeando en pantalla unos segundos - Supongo que todo esto no saldrá de nuestros monitores.

- Y yo supongo que, bromas aparte, esto no se volverá a repetir, Señor.- respondió López desde su teclado.

- Además tiene usted cojones. Esta semana iré a hacerle una visita a su oficina. Buenas noches agente. - E.P. cerró la conexión.

     López apagó su ordenador y se quedó mirando el brillo de su monitor ahora sin vida.

 - La madre que lo parió - pensó mientras se levantaba de su asiento y se metía en la cama. Segundos más tarde deleitaba a la vecindad con un concierto de sonoros y profundos ronquidos.

    Al otro lado de la ciudad, en su lujosa casa de tres plantas, el presidente de la nación se acostó con cuidado de no despertar a su mujer.

- La madre que me parió- susurró mientras apoyaba la cabeza en la almohada y se quedaba mirando como su mujer deleitaba a la humanidad con un concierto de sonoros y profundos ronquidos. Medía hora más tarde, mientras la ciudad despertaba de una tranquila noche de verano, él aún no había podido conciliar el sueño, y odiaba a su mujer más que nunca por ello.

FIN

lunes, 8 de noviembre de 2010

Bromas aparte (segunda parte)

López se quedó mirando la imagen en su monitor. Conocía aquella foto, la original, sin los pechos al aire, por supuesto. Había aparecido en un reportaje que algún dominical, no recordaba cuál, había hecho sobre la mujer del presidente. Ella aparecía sentada en su escritorio, ligeramente ladeada, con una mano mesándose los cabellos y la otra apoyada sobre el escritorio, encima de unos documentos. En el montaje los pechos descansaban también sobre el escritorio apuntando a la cámara. El terrorista informático había dejado su firma detrás de un marco a la derecha de la mujer: E.P., escrito a mano con el ratón. Detrás de la mujer, ligeramente por encima de ella, colgaba una foto del Rey. A la derecha de ésta brillaba una foto del presidente del gobierno. A su izquierda, una foto de la mujer. López capturó la imagen en pantalla y realizó una copia con su impresora.

     En la parte inferior de la pantalla, bajo la mujer,  una serie de botones se alineaban uno junto al otro ofreciendo distintas opciones al usuario. López seleccionó, con un rápido movimiento del ratón, la opción SALIR. Una sonora ventosidad salió de los altavoces del ordenador mientras la cara de la  mujer del presidente se sonrojaba estúpidamente. López sonrió, cogió su taza de café vacía, y se dirigió hacia la cocina.

     Mientras se preparaba un nuevo café, López buscó la revista en la que recordaba haber visto la foto de la mujer del presidente. La encontró en la terraza, bajo un bote de pintura y su reproducción en madera del viaducto de Madrid, recién pintada. No iba a tirar tres meses de trabajo por la ventana, así que retiró la maqueta con cuidado de no estropear la pintura y apartó el bote de la cubierta. Por suerte, la foto que buscaba no estaba en la portada; la encontró en la pagina veintidós y la arrancó con cuidado.

     En la cocina el café todavía daba vueltas en el interior del microondas. Desde su habitación se podía oír el 'This is the end' de los Doors. López abrió la puerta del microondas y sacó el café. Del cigarro que había dejado en el cenicero  no quedaba más que un largo esqueleto de ceniza sobre un mar de colillas. Se encendió uno nuevo y se fue hacia su habitación con la foto en una mano, el café en la otra, y su cigarro colgando de la comisura de los labios. Una vez sentado frente al ordenador,  clavó las dos fotos en el panel de corcho que descansaba sobre la pared, detrás del monitor.

     En la pantalla de su ordenador, que había dejado conectando  con el Ministerio del Interior, el cursor parpadeaba incansablemente a la espera de la clave de acceso al sistema. López introdujo su clave y pidió acceso al nivel tres, máximo nivel del sistema. El Ordenador Central pidió confirmación de su clave y solicitó la clave de acceso restringido al nivel tres. Tras un rápido movimiento de sus dedos sobre el teclado el ordenador quedó a la espera de órdenes. López tenía ya acceso a cualquier información en poder del Estado, y tenía el presentimiento de que el terrorista informático estaba trabajando desde dentro, que era alguien de la casa; así que pidió información sobre los terminales que habían solicitado, desde Madrid, conexión con el Ordenador Central en las últimas cuatro horas.

     Veinticuatro usuarios aparecieron uno tras otro en el monitor. López mandó imprimir el listado y lo observó detenidamente. La mayoría eran cuarteles, comisarías, y otros centros de seguridad; su jefe; García, un compañero de trabajo; él mismo; y ahí estaba, E.P., sin datos personales ni dirección, tan sólo la hora de acceso: las 3:06. Había burlado a todo un sistema informático nacional en poco más de una hora. Todo un experto. No sería fácil atraparle.

     López pidió información al ordenador sobre E.P. El usuario registrado con esas iniciales había realizado la conexión desde un sistema privado, el ordenador de los Padres Saturninos de la calle Leganitos. Solicitó conexión, pero esta se cortó apenas dos segundos después de realizarse. Sin duda E.P. había protegido el sistema de los frailes para evitar cualquier intrusión. Había olvidado que Telefónica estaba en su poder. Antes de realizar cualquier intento debía recuperar Telefónica, quitar a E.P. su mejor arma. Tras encenderse un cigarro, el último del paquete, se puso manos a la obra.

     Le llevó algo más de media hora conquistar el sistema de Telefónica, descontando eso sí, los diez minutos que tardó en encontrar el paquete de tabaco que guardaba para los momentos  de emergencia, y el cuarto de hora que necesitó para defender su sistema de los continuos ataques que E.P. le había mandado: Cinco virus Gates; tres Vallecas; cuatro bombas Ray, del tipo  ruso; y un programa destructor de discos duros desconocido para él. Este último había estado a punto de echar todo el trabajo a perder, pero había conseguido desviarlo en el último momento al ordenador de su vecina del tercero, la estudiante de derecho que llevaba nueve meses preparando su tesis doctoral por las noches. Ahora tres cosas estaban claras: que había perdido el factor sorpresa; que E.P. sabía quién era su perseguidor, y desde dónde conectaba; y que la vecina del tercero iba a tirarse un año más en la facultad.

     Desde la radio una voz profunda anunció que eran las cinco en punto de la mañana, y dio paso a los informativos. La sintonía de Radio Rock envolvió la habitación con su solo de guitarra. López cargó sus mejores antivirus y programas de defensa, a sabiendas de que E.P. no iba a cesar de mandar ataques contra su terminal; y, mientras esperaba a que estos se distribuyesen estratégicamente en su sistema, se acomodó en su asiento y escuchó las noticias.

     La huelga de los controladores del satélite de mantenimiento de la capa de ozono entraba en su noveno día. Sindicatos y gobierno no eran capaces de ponerse de acuerdo.  Desde el Ministerio del Medio Ambiente se recomendaba utilizar para el día de mañana protectores solares de factor 96. López decidió que se quedaría en casa todo el día, por lo menos mientras el sol estuviese en lo alto, y trabajaría en su maqueta. No estaba dispuesto a soportar de nuevo las ampollas en la piel que le habían atormentado el primer día de huelga. En la sección 'Noticias del Mundo del Rock' el comentarista anunció la aparición del Anthology 16 de Nirvana, producido, como no, por la viuda de Cobain, digna heredera de la filosofía de la ya fallecida Yoko Ono.

     Una vez protegido su sistema contra los continuos ataques de E.P., López decidió que era el momento de contraatacar, de acabar con esto de una vez por todas. Para ello solicitó de nuevo conexión con el ordenador de los Padres Saturninos. Esta vez la conexión fue totalmente correcta. Los frailes poseían un NINTENDO EXTREME. Un sistema múltiple, con procesadores CASIO 22, de computación directa y doble proceso. Lo último en tecnología informática.  López se introdujo de lleno en el sistema de los religiosos.

     Una chica a medio desnudar apareció en su pantalla. López sonrió. Sin duda algún hermano descarriado estaba utilizando el proceso principal de tan potente máquina para jugar al MStrip Poker. Y no lo hacia mal a juzgar por el número de chicas desnudas que compartían mesa con él. López cambió al proceso secundario. No estaba operativo aunque recibía una conexión. No hacía falta averiguar a quién pertenecía. E.P. se había construido un puente conectivo y desde el sistema de los frailes emitía sus ordenes. Legalmente eran los Padres Saturninos los que realizaban el delito. Rastreó la conexión hasta que una puerta de acceso le denegó el paso. ¡Ahí estaba E.P.! Tan sólo una clave de acceso le separaba de él, y una simple clave no pararía al hombre que había creado el programa destripador de claves más utilizado por el gobierno en los últimos cinco años.


[continuará] 

jueves, 4 de noviembre de 2010

Bromas aparte

“El ordenador es, hasta ahora, 
el mayor invento de la vagancia humana”

eslogan de la I.B.M.

El zumbido del teléfono sobresaltó al viejo perro tumbado sobre la alfombra y arrancó a López de su apasionante sueño de cultivador de perejil en una isla desierta.  El reloj sobre la mesilla marcaba las dos y media de la mañana; su reloj de pulsera marcaba las tres menos veinte; eran las cuatro y diez de la madrugada. La luz de su lamparilla de noche estaba encendida.

-  ¿Quién cojones llama a estas...

- López, encienda ahora mismo su ordenador y conecte con el Ministerio de Turismo, tengo un trabajo para usted.

     López cerró los ojos.

- No puedo jefe, nos hemos quedado sin luz en el barrio - un sonoro bostezo salió de su boca y atravesó la línea telefónica hasta el otro lado de la ciudad.

- Si no se levanta ahora mismo y enciende su ordenador voy a mandar a un par de hombres a buscarle. ¿Se acuerda de Paco, el de Tobarra? - gritó el jefe de López por la línea telefónica.

     López abrió sus ojos y se incorporó con un rápido movimiento sobre la cama. Un libro abierto cayó al suelo, junto al viejo perro.

- Ya está encendido, jefe - López se levantó de un salto - ¿No oye como chirría? - y con paso rápido se dirigió hacia el ordenador, al otro lado de la habitación.

  El ordenador emitió un agudo pitido al ser encendido.

- ¿Le importa que me caliente un café mientras el ordenador arranca, jefe? - dijo López.

  El viejo perro siguió los pasos de López hasta la cocina. Montones de platos se apilaban sucios en el fregadero. Sobre la mesa, una caja de empanadillas congeladas, casi al completo, se echaba a perder tras varios días al calor del verano. Un cenicero repleto de colillas descansaba junto al microondas. López lo apartó y metió una taza con café dentro del microondas.  El viejo perro se tumbó en el sucio suelo de la cocina y cerró los ojos. Mientras soplaba en su café, López se dirigió arrastrando los pies hasta su habitación.

- ¿López?...

- Ya estoy conectando, jefe. No se impaciente - López dio un sorbo a su café caliente y conectó con el Ministerio de Turismo.

  El Ordenador Central del Estado comenzó a chequear  su terminal a la caza de cualquier  acto de terrorismo informático contra el gobierno. López apuró su café, se encendió un cigarro, y esperó a que los programas policía terminasen de cachear los rincones más secretos de su terminal. Seguidamente abrió la ventana de su cuarto.

  Fuera la noche era cálida. Un perro ladraba afónicamente los movimientos de un gato callejero que, veloz, corrió entre los coches y se perdió por una tapia. Madriz, el perro de López, desde la cocina abrió sus ojos y emitió un leve gruñido. Volviendo al cuarto de su amo, se durmió tras dejar caer pesadamente la cabeza sobre la alfombra.

  Un pitido seco en el terminal confirmó el acceso al ministerio. En la pantalla de su monitor apareció una foto de la mujer del presidente del gobierno con los pechos al aire. Sin duda algún genio de la informática, y del Photoshop, dicho sea de paso, había conseguido burlar las defensas del ordenador central.

- Estoy dentro jefe- dijo López. Una sonrisa se dibujaba en su cara.

- ¿Qué le parece? -  su jefe parecía nervioso.

- No están mal... un poco grandes para mi gusto - respondió López mientras encendía su radio y sintonizaba Radio Rock. Los Beatles sonaron por los altavoces colgados del techo.

- No sea estúpido, esto es muy serio. El turismo es una de nuestras mayores fuentes de ingresos. Todos los días miles de agencias de viajes del mundo entero conectan con nuestro servidor para informarse de lo que podemos ofrecerles. ¿Se imagina a todo un autocar de japoneses preguntando dónde pueden fotografiar las tetas de la mujer del presidente? - hizo una pausa, como si el mismo estuviese intentando imaginárselo.- Tenemos un problema... y usted es el único que puede resolverlo.

- No ingresé en la policía informática para trabajar a las cuatro de la mañana, jefe. Ese es el trabajo de las fuerzas de seguridad. Lo mío es seguridad sin fuerza, ni nocturnidad, y a ser posible con algo de picar a mano. Además, mañana tengo que estar a las nueve, allí, en mi oficina, a diez metros de la suya, ¿recuerda?

- Puede tomarse el día libre si quiere.

- No sabría que hacer, no tengo un duro.

- Le aumentaré el sueldo- su voz empezaba a tomar un tono agónico.

- ¿Y me presentará a la mujer del presidente?

- Basta ya de cachondeo - un golpe sonó en el auricular.- El hijoputa que ha hecho esto todavía sigue conectado. Hemos conseguido cerrar el acceso al exterior, pero no hemos podido evitar que desde cualquier punto de nuestro país se pueda acceder al servicio. Tiene en su poder al sistema informático de Telefónica. Ese bastardo está intentando desbloquear las defensas que hemos puesto para evitar la conexión desde el extranjero. El presidente todavía no sabe nada, esperemos que no haya conectado. Si antes de las ocho de la mañana no ha quitado esa imagen del programa del ministerio váyase buscando otro trabajo, otra ciudad, y otro país.

Un pitido continuado quedó en el teléfono.

[continuará]


miércoles, 13 de octubre de 2010

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(San Carlos Borromeo)



jueves, 22 de octubre de 2009

Lost (3ª temporada, y última)


Como atracción el Reina de África era la leche; pero como barco, un timo.

De lunes a viernes dedicaba el día a prepararme para ser un buen marinero, y las noches a fumar en pipa, beber ron (con granizado de cola), hacer figuritas con trozos de madera y mi navaja suiza (regalo de la niña del exorcista en nuestro primer San Valentín... bueno, de la niña del exorcista, y de los siete demonios que la poseían), y a mear contra el viento sin que hubiese gota que me salpicase.

Los sábados salía con los muchachos, con el resto de la tripulación. Íbamos a La Casa Magnética, la mejor taberna de todo el Parque. Allí hice amistad con Tarzán, que trabajaba en la atracción de La Jungla. Un tío simpático, aunque un poco parco en palabras, sobre todo en verbos.

- Yo Tarzán, tú niño perdido.
- Que sí, que sí, tú Tarzán... págate otra ronda.

Tras nuestra ruptura la niña del Exorcista había empezado a salir con Tarzán, por despecho, porque sabía que los tíos cachas con taparrabos me tocaban los cojones, pero no duraron juntos ni una semana. La niña del Exorcista le dejó por un piloto de los coches de choque.

- Tarzán no poder hacer nada contra maromo de coches de choque. Yo llevar a niña del exorcista en liana, el llevar en deportivo. Eléctrico además, que no contamina. Qué cabrón - me decía mientras apuraba su séptimo segoviano
- Que sí, que sí, que no contamina... págate otra ronda.

No sé muy bien si era por el magnetismo de la casa, o por las ingentes cantidades de alcohol que bebíamos, pero siempre salíamos dando eses de aquella casa. Dando eses y cantando, que los dos éramos de los que se la pillaban cantarina. Aunque Tarzán solo se sabía una canción, que era una especie de grito paranoico.

- Joder, con la mierda el grito... apréndete el Clavelitos, coño - le decía yo.

Los domingos desembarcaba solo y daba un paseo por el Parque. En mi brazo dobladita con cuidado la chaqueta. Me gustaba terminar mi paseo en el laberinto de espejos, donde conocí a una niña que, como yo, se había perdido. Llevaba seis meses buscando la salida.

Sí, habéis acertado: surgió el amor.

Sí, también habéis acertado: la cosa no salió bien.

Joder, no era una niña: ¡eran miles! Nunca antes había visto caso tan grave de personalidad múltiple. Nunca antes, ni jamás después.

Temeroso de que detrás de esa niña mil veces fotocopiada hubiese mil suegras con mil escobas (y algún que otro trén) hice lo que un hombrecito amante de su soltería tiene que hacer en una situación como esa: salir por patas, y no volver nunca jamás al laberinto.

Temeroso, además, de que mi hígado reventase en mil pedazos decidí no volver a la Casa Magnética.

Temeroso, por último, de que los muchachos volviesen a meter en mi ausencia una serpiente en mi litera decidí no salir del barco.

Un día, cansado de hacer nudos marineros, de limpiar la cubierta, de sacar brillo a las coronas de barbotín, de mear contra el viento, bajé a la sala de máquinas, para ver que se cocía ahí dentro.

Y allí no si cocía nada ni nadie. No había ni calderas, ni motores, ni combustible, ni un triste jefe de máquinas. Me di cuenta que ese barco no iba a zarpar ni a empujones; de que estaría siempre amarrado a puerto; de que mi vida sería una eterna espera a levar anclas.

Seguí el consejo que el viejo capitán me dio una noche de nostalgia marina y abandoné el Reina de África en busca de un sueño mayor.

- Grumete, deberías conocer el Titanic. Eso si que es la polla marinera.

El resto de la historia, ya la conocéis.

O, al menos, ya la he contado.




jueves, 15 de octubre de 2009

Lost (2ª Temporada)


Vivir en el tren de la bruja no fue fácil; pero lo cierto es que, como experiencia para mis futuras relaciones de pareja, me vino de perlas.

La bruja me dio comida y techo a cambio de barrer su túnel. Todas las noches debía barrer cada centímetro cuadrado de aquel oscuro y tétrico tunel. Después, como la escoba que utilizaba para barrer era la misma que ella utilizaba para golpear a los clientes, debía limpiar la escoba. Con la lengua.

Cansado de vivir escupiendo pelusas decidí un día abandonar a la bruja, no sin antes llamarla hijaputa.

Yo, por aquel entonces, no sabía que significaba hijaputa; pero un día, en el cole, Paquito se lo dijo a la seño. Y ésta, tras darle un guantazo de los que hacen época, le castigo de cara a la pared el resto del día. Así que debía ser algo feo.

Me fui a vivir a las sillas voladoras. Dos semanas estuve viviendo en una exterior, con muy buenas vistas. Pero, creedme: vivir colgado de una silla dando vueltas no es muy agradable. Los mareos eran continuos, y nada podía cortarme los vómitos.

Desde entonces no soy capaz de caminar recto, y me paso la vida andando en círculos.

Entre que estaba pálido y ojeroso por culpa del dolor de barriga y el insomnio crónico, y que no paraba de vomitar, la niña del exorcista de la Casa del Terror se fijó en mí. Se enamoró perdidamente, y me llevó a vivir con ella a su cama.

Eramos la pareja perfecta. Un tándem único. Un binomio demoniáco. Entre sus "mira lo que hace la guarra de tu hija" y mis vómitos acaparamos todo el terror de la casa. La gente se pegaba por entrar a nuestro cuarto a vernos. También por salir de él, todo hay que decirlo.

Pero nuestra relación no tenía futuro. Probad a manteneros abrazado, románticamente abrazados, a vuestra chica en una cama que no para de elevarse, con una chica que no para de dar saltos, en un cuarto en el que no para de entrar gente. Imposible.

Y yo soy un romántico.

Con todo el dolor de mi corazón hice el petate, cogí mi parte de las ganancias (los japos no entendían ni papa del espectáculo, pero eran muy generosos con las propinas) y abandoné aquella casa del terror, y a aquella niña tan hermosamente poseída.

Ella se despidió de mí con un "eres un hijoputa". Y, como yo ya empezaba a entender lo que significaba esa fascinante palabra, me rompió el corazón.

Hice lo que un hombrecito con el corazón roto tiene que hacer en una situación como esa: beber para olvidar (granizado de cola fermentada, que pega que no veas), y hacerse a la mar con la esperanza de que la distancia sea el olvido.


[continuará]