
"Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo..."
Fernando Galindo en Atraco a las 3
miércoles, 30 de mayo de 2007
Grandes frases de la historia del cine (II)
sábado, 26 de mayo de 2007
Jornada de reflexión
Lo llaman así porque es el día en el que los ciudadanos con derecho a voto tenemos que reflexionar a quien le daremos nuestro preciado voto. Y yo, pobre mortal, ignorante de la vida y de la muerte, creo que los que tenían que reflexionar son ellos.
Mercernario sois del pueblo
nunca lo habéis de olvidar.
Si al servicio estáis del pueblo
el pueblo os lo pagará.
Yo, por la parte que me toca, ya he reflexionado. Y he decidido que en las próximas elecciones generales tomaré unas cuantas papeletas. Tal vez me hagan falta para los próximas municipales.
Cuanto más vieja la yesca,
más fácil se prenderá.
Cuanto más vieja la yesca
y más duro el pedernal.
Si los pinares ardieron
aún nos queda el encinar.
Aunque quién sabe, tal vez en las próximas elecciones generales todos calvos.
Mercernario sois del pueblo
nunca lo habéis de olvidar.
Si al servicio estáis del pueblo
el pueblo os lo pagará.
Yo, por la parte que me toca, ya he reflexionado. Y he decidido que en las próximas elecciones generales tomaré unas cuantas papeletas. Tal vez me hagan falta para los próximas municipales.
Cuanto más vieja la yesca,
más fácil se prenderá.
Cuanto más vieja la yesca
y más duro el pedernal.
Si los pinares ardieron
aún nos queda el encinar.
Aunque quién sabe, tal vez en las próximas elecciones generales todos calvos.
textos de Luis López Alvarez.
jueves, 24 de mayo de 2007
El paraguas
Me lo regalaron en Reyes, y tenía todas las papeletas para ser un paraguas. Asa de madera curva con forma de garfio; esqueleto metálico interior que se extendía al pulsar un botón; un grupo de varillas metálicas que sujetaban una tela impermeable. Lo dicho, lo tenía todo para ser considerado un paraguas. Además, cuando lo saqué de su envoltorio de papel de regalo y exclamé ¡Un paraguas!, ninguno de los presentes lo negó.
Pero a medida que pasaba el invierno la duda iba creciendo en mi interior: ¿era realmente un paraguas?
Si no lo llevaba conmigo podía llover o no, dependiendo si tocaba llover en ese momento, pero si lo llevaba nunca llovía. Y había momentos en los que yo estaba seguro de que en ese intervalo de tiempo en el que yo me encontraba en la parada del bus, o caminando de camino al trabajo, o simplemente paseando en compañía de mis pensamientos tocaba llover. Pero no llovía.
Me despertaba por las mañanas, todavía de noche, y fuera llovía. Me duchaba y seguía lloviendo. Me refiero afuera, en la calle, no en la ducha. Me tomaba el café ya vestido, afeitado, resignado, y seguía lloviendo fuera. Llovía porque tenía que llover, porque tocaba. Pero en el momento en el que salía de casa, con mi paraguas en la mano, dejaba de llover.
Pero, aún así, yo seguía pensando que estaba siendo objeto de una broma de la casualidad.
Hasta que llegó la primavera. Y con ella la época de lluvias. Entonces mis sospechas comenzaron a convertirse en convicciones. Viajaba en el metro y fuera llovía. Hacía la compra y fuera llovía. Subía al autobús y comenzaba a llover en la calle. Desde mi mesa de trabajo veía como las gotas de lluvia golpeaban la ventana. Llovía siempre que me encontraba bajo techo, pero nunca cuando yo estaba en la calle con mi paraguas en la mano.
Estos días en los que la lluvia se ha convertido en diluvio universal. Estos días en los que hemos visto como los túneles de las carreteras se inundan, como las estaciones de metro se deshacen por la fuerza del agua, como los patios de vecinos se convierten en piscinas. Estos días en los que, en definitiva, la ciudad se ha convertido en charco, yo sigo sin mojarme cuando camino por las calles con mi paraguas cerrado en la mano.
Tengo que reconocer que, y no estoy exagerando, casi seis meses después de que me regalasen el supuesto paraguas, con la que ha caído y la que está cayendo, que todavía no lo haya estrenado acojona.
Así que he decidido deshacerme de él y ponerlo en venta. Porque no me importa mojarme. Porque necesito el dinero. Porque no es de este mundo. Porque no lo quiero cerca de mí.
Pero a medida que pasaba el invierno la duda iba creciendo en mi interior: ¿era realmente un paraguas?
Si no lo llevaba conmigo podía llover o no, dependiendo si tocaba llover en ese momento, pero si lo llevaba nunca llovía. Y había momentos en los que yo estaba seguro de que en ese intervalo de tiempo en el que yo me encontraba en la parada del bus, o caminando de camino al trabajo, o simplemente paseando en compañía de mis pensamientos tocaba llover. Pero no llovía.
Me despertaba por las mañanas, todavía de noche, y fuera llovía. Me duchaba y seguía lloviendo. Me refiero afuera, en la calle, no en la ducha. Me tomaba el café ya vestido, afeitado, resignado, y seguía lloviendo fuera. Llovía porque tenía que llover, porque tocaba. Pero en el momento en el que salía de casa, con mi paraguas en la mano, dejaba de llover.
Pero, aún así, yo seguía pensando que estaba siendo objeto de una broma de la casualidad.
Hasta que llegó la primavera. Y con ella la época de lluvias. Entonces mis sospechas comenzaron a convertirse en convicciones. Viajaba en el metro y fuera llovía. Hacía la compra y fuera llovía. Subía al autobús y comenzaba a llover en la calle. Desde mi mesa de trabajo veía como las gotas de lluvia golpeaban la ventana. Llovía siempre que me encontraba bajo techo, pero nunca cuando yo estaba en la calle con mi paraguas en la mano.
Estos días en los que la lluvia se ha convertido en diluvio universal. Estos días en los que hemos visto como los túneles de las carreteras se inundan, como las estaciones de metro se deshacen por la fuerza del agua, como los patios de vecinos se convierten en piscinas. Estos días en los que, en definitiva, la ciudad se ha convertido en charco, yo sigo sin mojarme cuando camino por las calles con mi paraguas cerrado en la mano.
Tengo que reconocer que, y no estoy exagerando, casi seis meses después de que me regalasen el supuesto paraguas, con la que ha caído y la que está cayendo, que todavía no lo haya estrenado acojona.
Así que he decidido deshacerme de él y ponerlo en venta. Porque no me importa mojarme. Porque necesito el dinero. Porque no es de este mundo. Porque no lo quiero cerca de mí.
Se vende artefacto repelente de lluvias.
Ideal para bodas, bautizos y comuniones.
El complemento perfecto para su permanente.
Interesados mandar S.O.S. en una botella.
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